Una nube blanca es la cosa más misteriosa: de repente aparece, de repente desaparece. ¿Has pensado
alguna vez que las nubes no tienen ni nombre, ni forma? Ni siquiera por un momento se conserva la
forma. Es cambiante, se transforma, como la corriente de un río. Puedes atribuirle forma a una nube, pero es
una proyección tuya. Una nube no tiene forma; carece de forma o está permanentemente tomando forma; es
un flujo. Y así es la vida. Se le proyectan todas las formas.
En esta vida te defines como hombre y en una vida anterior puedes haber sido mujer. En esta vida eres blanco
y en la próxima vida puedes ser negro. En este momento eres inteligente y al momento te vuelves estúpido. En
este momento eres callado y al momento te enloqueces, te enfureces y te pones agresivo. ¿Has adquirido una
forma? ¿O estás cambiando permanentemente? Eres un flujo, una nube. ¿Tienes un nombre, una identidad?
¿Puedes definirte como una cosa u otra? Cuando afirmas ser esto, en ese mismo momento tomas conciencia
de que también eres lo opuesto.
Le dices a alguien: "Te amo." Y, en ese preciso instante, el odio está allí. En algún momento afirmas que
estás feliz y precisamente en ese momento se pierde la felicidad y te pones triste. No tienes identidad. Si tomas
conciencia de esto, te transformas en una nube sin forma, sin nombre. Y entonces te lanzas a la deriva.
cuanto más matemático y lógico se torna el intelecto humano, tanto menos
abiertas están las posibilidades de éxtasis a la mente humana; tanto menos es posible la poesía. Se pierde el
romance; la vida se vuelve fáctica y deja de ser simbólica.
Entonces, cuando digo que mi camino es El Camino de las Nubes Blancas, se trata de un símbolo. La nube
blanca no está usada como un hecho, sino como un símbolo poético, como un indicio de profunda fusión en lo
misterioso y en lo milagroso.